Análisis

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(Por Ana María Careaga)

“Nuestros hijos no son subversivos, señor”, decían primero. Luego entendieron que había que subvertir ese orden que les había vulnerado el ser, que les había lastimado la alegría, que hería de muerte su condición de madres. Y ellas, “locas”, también se volvieron subversivas. Y aprendieron. Aprendieron a esperar y aprendieron a dejar de esperar. Aprendieron a tragarse el dolor y aprendieron a dejar de tragarse el dolor. De cada agonía individual hicieron un solo grito colectivo. Dejaron de ser una para ser todas: las Madres de Plaza de Mayo. Y se convirtieron en infinitas.

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